8.9.14

EL REGRESO DE FU-MANCHU


6.9.14

LA VIDA ES MAPA


Creo que no era consciente del irresistible encanto que me despertaban los mapas hasta que sentí una poderosa atracción al ver en las librerías En el mapa: De cómo el mundo adquirió su aspecto de Simon Garfield (Taurus, 2013). No era consciente, o no hasta ese punto, ya que ahora que lo pienso desde pequeño me han gustado los mapas, auténticos o ficticios. De ese entusiasmo va este libro, que recorre y busca la magia de los mapas a través de multitud de aspectos y anécdotas, porque es mucho más que una historia de la cartografía y, sobre todo, es un libro muy divertido lleno de historias curiosas.

Desde la historia de la cartografía recorre a los clásicos de la antigüedad, es decir, Anaximandro (610 a.C.- 547 a. C.);



Eratóstenes (Cirene, 276 a. C. – Alejandría, 194 a. C.);



Ptolomeo y la legendaria Biblioteca de Alejandría (100 – 170 d.C.);



La Tabla de Peutinger que mostraba las carreteras romanas. (siglo IV);



La Chronica Majora 1240-1253 de Matthew París, con sus curiosos anexos desplegables;



El sintético Mapa del Beato (siglo XI), que aún incluía la localización del Paraiso;



y, al otro extremo, el hermoso Mapamundi de Ebstorf (1284).



En el mapa dedica todo un capítulo a la sorprendente historia del Mappa Mundi de Hereford (1300), el más grande de la Edad Media, y su sorprendente intento de venta hace unos años.



Un tema interesante es el de la leyenda “aquí hay dragones” para territorios inexplorados o peligrosos, que se atribuye a la Edad Media pero que en su literalidad “Hic sunt dracones” no aparece hasta el 1503 en el Globo de Hunt-Lenox. Antes se dibujaban dragones, pero a menudo también por motivos decorativos o por la tendencia al horror vacui de los viejos cartógrafos.



Más mapas cuya historia y contexto (ya en el Renacimiento) se explican en el libro: el mapamundi de Andrea Bianco (1436);



el de Fra Mauro (1459), con los viajes de Marco Polo y el esplendor de Venecia de fondo.



Lo cual nos lleva a los mapas árabes con especial mención al de Al-Idrisi (1100 - 1165);



 y a los chinos de Chu-Sen Pen.



La historia del Mapa de Vinland, que demostraría que los vikingos habían llegado al continente americano antes que Cristóbal Colón, y las muchas controversias sobre su autenticidad.



El Mapamundi de Juan de la Cosa (1500) y sus viajes con Colón.



Curiosamente, a consecuencia del Planisferio de Waldseemuller (1507) se bautizó como América al nuevo continente porque atribuía por error su descubrimiento a Américo Vespucio.



Eso nos lleva al tema de los errores, de los que se explican varios en el libro. Por ejemplo, los muchos mapas que por error convirtieron California en una isla;



La cordillera africana de las legendarias Montañas de Kong, señaladas en un mapa por James Rennell en 1798, parece ser que por el horror vacui del cartógrafo, y por ello incluidas en muchos mapas hasta que a finales del siglo XIX el explorador francés Louis-Gustave Binger descubrió que no existían.



O las islas imaginarias del pacífico de Benjamin Morrell (1795 – 1839), "el mentiroso más grande del Pacífico" y el descubrimiento de la inexistente Nueva Groenlandia del Sur.



Regresando a lo auténtico, está la curiosa historia de la medalla de plata con las rutas secretas del corsario Francis Drake.



En el mapa también dedica un largo capítulo a los Atlas y esa idea de poner el mundo en un libro, desde el primero, el de Gregorius Mercator (1578), importante por establecer el modelo de proyección del globo terrestre que aún seguimos usando como base;



 o el Theatrum orbis terrarum (Teatro del Mundo) de Abraham Ortelius (1527-1598);



así como las dinastías de editores de Atlas, especialmente las holandesas con los Atlas Maior (1662-1667) y Atlas Novus (1635-1658) de Willem Blaeu;



 o de Janssonius (1638);



 a los contemporáneos State of World Atlas;



 o el espectacular Earth Platinum Edition, el atlas más grande del mundo.



También hay sitio para la moda de dar forma de animales a determinados mapas. El ejemplo más conocido es el Leo Belgicus;



y otro la amenazadora Rusia imperial con forma de pulpo del Serio-Comic war map for the year 1877, porque otra idea que deja claro el libro es que los mapas nunca están exentos de ideología;



y por supuesto esa especie de dragón con que en forma de caricatura se denunció en 1812 el pucherazo en el diseño de circunscripciones electorales conocido por el nombre de su responsable: el Gerrymandering, tan de moda últimamente en nuestro país.



Otra curiosidad es la comparación entre el África llena (ante el horror vacui de lo desconocido) de la África Nova Descriptio de Blaeu (1644)



al África vacía de d’Anville de 1766, que dejaba en blanco lo no explorado, provocando un efecto llamada a la aventura y la posteridad;



hasta que en 1873 llegamos al mapa de William Winwood, que resaltaba el nombre de los exploradores y sus zonas de expedición.



En las partes dedicadas a África, el libro también destaca la importancia del mapa del Congo Belga en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.



Pasando a otro continente, se relata la trágica odisea de la expedición de Burke y Wills en Australia en 1860.



No puede faltar un amplio apartado dedicado a la Antartida, el último lugar de la Tierra en ser cartografiado, y sus expediciones, con especial mención a las ruta de Amundsen con el mapa de Gordon Home;



o la de Scott relatada por uno de sus supervivientes, Cherry-Garrard, en su libro El peor viaje del mundo.



En el terreno de la cartografía diferente, pero no por ello menos importante, el libro dedica otro capítulo a John Snow y el mapa de Londres que detuvo el cólera en 1853, desvelando que la enfermedad no se transmitía por el aire;



o el Londres cartografiado por Charles Booth en 1891 indicando con colores las condiciones socio-económicas de la ciudad (en un mapa coetáneo a los crímenes de Jack el Destripador, por cierto).



Otra historia curiosa es la de J. M. Barrie, el creador de Peter Pan, que odiaba los mapas y escribía en prensa sobre la imposibilidad de doblarlos correctamente. Seguramente no le habrían gustado los mapas de la Isla de Nunca Jamás que proliferaron tras su muerte.



A estas alturas supongo que es evidente el origen británico del autor del libro, Simon Garfield, y que eso hace que la mayoría de anécdotas y curiosidades sean de esa nacionalidad. Así no extraña que se hable de la sala de mapas de Winston Churchill durante la IIª Guerra Mundial y de su jefe de mapas: Sir Richard Pim.



La historia parte de la búsqueda del globo gigante que aparece en algunas fotografías de Churchill, en el marco de un capítulo dedicado a la fabricación de globos terrestres, los momentos en que han estado de moda y los artesanos que aún los construyen de manera no industrial.



En el contexto de la guerra también se destaca Look at the world: the fortune atlas for world strategy de Alfred A. Knopf, publicado en 1944.



Uno de mis capítulos preferidos comienza hablando del mapa de La isla del tesoro de R. L. Stevenson y de la importancia que tuvo para el escritor trazar el plano del lugar donde sucedía la novela.



Es interesante ver cómo se desdobla esta parte. Por un lado con las historias de mapas de tesoros piratas que abundaron en aquella época y las expediciones a la isla de Trinidad, especialmente la narrada en The cruise of the alerte.



Y de ahí al más contemporáneo Atlas of tresure maps, cuyos autores no se hacen responsables de que los aventureros encuentren los tesoros



Por otro lado, el mapa como forma de relato, lo que nos lleva al recorrido por Dublín de Leopold Bloom en el Ulises de Joyce dibujado por Nabokov;



y, por supuesto, el mapa de El señor de los anillos de Tolkien (el libro de Garfield es anterior al boom de Juego de tronos, así que no se menciona, como tantos otros porque el tema da para mucho).



También es interesante el capítulo dedicado a los mapas en el cine, destacando su uso en la mítica Casablanca;



sin que falte su uso narrativo en los viajes de Indiana Jones, que ya es un tópico cinematográfico;



 el centro de control cartográfico de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú;



o lo interesante que resulta su uso en M, el vampiro de Düsseldorf de Fritz Lang, llegando a la curiosa conclusión de que muchos de los avances de la cartografía digital fueron avanzados por el cine.



Y eso sin olvidar el mágico Mapa de Maraunder en Harry Potter y el prisionero de Azkaban.



Incluso se anticipa el GPS en Goldfinger. La irrupción del GPS es otro de los temas tratados para acabar preguntarse porqué la gente lo puede preferir a un mapa. ¿Acaso nos gusta ser guiados? Obviamente para Simon Gardfield los mapas son mejores que el GPS.



Por cierto, a finales de los 50s tuvo éxito y varias ediciones el atlas y rutas de hogares de estrellas de Hollywood The movieland guide to the fabulous homes of movie, television and radio stars.




Otro capítulo bastante especial es el que reúne a marchantes y ladrones. Entre los primeros destaca el peculiar Graham Arader III, el rey del mercado, y entre los ladrones de mapas, especializados en extirparlos de libros antiguos de bibliotecas y museos se explica la historia de Edward Forbes Smiley III y de Gilbert Bland, en quien se basó La isla de los mapas perdidos.



Otro de los capítulos se dedica a la historia de las guías de viaje, que lo petaron en el siglo XIX de la mano de los editores Baedeker y John Murray III.




El libro se introduce en terrenos peliagudos cuando plantea si las mujeres no entienden los mapas partiendo del título del célebre libro de Allan y Barbara Pease Por qué Los Hombres No Escuchan Y Las Mujeres No Entienden Los Mapas. Analizando diversos estudios, donde al parecer se demostraría que si bien la abstracción espacial de las mujeres es menos extensa que la de los hombres, a cambio es mucho más detallada, y a partir de ahí se pregunta si el problema está en que el tipo de mapas que se ha impuesto han sido diseñado por hombres.



Otro de los capítulos que más he disfrutado es el dedicado a la historia de los canales de Marte y la cartografía del planeta inaugurada por Giovanni Schiaparelli en 1877 y que a finales del siglo pasado llevo a pensar que estaba habitado por seres inteligentes.



Otro de los aciertos de En el mapa es dedicar un apartado a los videojuegos que llega a una reveladora conclusión: la mayoría son mapas y, por tanto, el futuro de los cartógrafos. Habla de Skyrim;



 de Super Mario;



 Wolfestein/Doom (lo cual me llevó a pensar en laberintos, un tema que curiosamente no se trata);



y por supuesto Grand Theft Auto.



En realidad, la relación entre juegos y mapas viene de muy lejos. Por ejemplo, los naipes de Gilles de la Boissiere de 1669;



El Hendrik van Loon’s wide world de 1933;



o La Conquête du Monde diseñado por el director de cine francés Albert Lamorisse en 1950 y que hoy conocemos como Risk.



Hasta el mismísimo Monopoly no es otra cosa que la síntesis de un mapa urbano, con ediciones para muchas ciudades y una curiosa historia detrás durante la 2ª Guerra Mundial.



Ese aspecto de la síntesis del mapa urbano se vuelve a tratarse con el mapa del metro de Londres de 1931 realizado por el diseñador Harry Beck, que acertó al no hacerlo concordante con el mapa real porque su función de guía es otra. Hoy todos los mapas de suburbano del mundo siguen su modelo.



Muy interesante resulta también el capítulo dedicado a la cartografía del cerebro, con la historia de los taxistas de Londres que han desarrollado más ampliamente una parte del cerebro precisamente por su trabajo. De ahí salta a una de las teorías que podrían explicar el paso al homo sapiens de nuestros antepasados: la capacidad de dibujar e interpretar mapas.



 El epiólogo, claro, se dedica a Google Maps y Google Earth.


 Como ven, En el mapa: De cómo el mundo adquirió su aspecto de Simon Garfield es un libro lleno de historias y anécdotas que va más allá de la declaración de amor a los mapas: es la revelación de que los mapas son vida.